4/4/13

John Kennedy Toole - La conjura de los necios

Muchas veces sucede, sobre todo en el mundillo del arte, que el éxito llega cuando ya no puedes disfrutar de él. Que se lo digan a Van Gogh, por poner un ejemplo mítico. O a mí futuro yo. O al autor de La conjura de los necios, que decidió poner fin a su propia vida a la prematura edad de 32 años sin que ningún editor tuviese el más mínimo interés en publicar su obra. Tras el suicidio, la madre del joven Toole decidió que la novela se iba a publicar por sus santos ovarios, así que convenció al escritor Walker Percy de que le echara un vistazo. Percy aceptó a regañadientes, más que nada para que la señora le dejase en paz, pero cuando empezó a leer, comenzó la magia. Vaya que si se publicó. Gracias a la tenacidad de Thelma Toole, ahora podemos leer esta obra y compartir la fascinación que sintió Percy a medida que iba pasando páginas. Viene explicado maravillosamente en su prólogo:
...seguí leyendo. Y seguí, y seguí. Primero, con la lúgubre sensación de que no era tan mala como para dejarlo; luego, con un prurito de interés; después con una emoción creciente y, por último, con incredulidad: no era posible que fuera tan buena.

No es para menos. En la novela vemos una Nueva Orleans convertida en un auténtico circo donde todos y cada uno de los personajes están como una regadera y cada situación es más surrealista que la anterior, todo ello con el protagonista, Ignatius J. Reilly, como eje central. Ignatius es el peor de todos: Sheldon Cooper no le llega ni a la suela de los zapatos. El buen hombre, con la Consolación de la filosofía de Boecio como obra de referencia, cree que es un genio incomprendido en una sociedad decadente en la que los necios (todos los demás) conspiran para destruirle, en especial Myrna Minkoff, una amiga con la que mantiene una tronchante relación de insultos por correspondencia. Lo mejor es que llega un momento en el que ya empiezas a creer que tiene razón y que al final va a resultar que él es el único normal en una sociedad de locos. O que, al menos, es el tuerto en el país de los ciegos.

Gracias a Laura por la recomendación. Resulta increíble la cantidad de cosas guays que todavía  nos quedan por descubrir. Por lo que a mí respecta, aquí dejo el recado a mis fieles lectores. 

4 comentarios:

Faustino Cosío Vázquez dijo...

Que levante el sable pirata el que no haya tenido nunca ganas de archivar cuidadosamente los documentos en la papelera.

Estupendo el libro desde luego, y sí, es inquietante la sensación que describes sobre Ignatius. No queda muy claro si es un impresentable o el tuerto en medio de los ciegos.

Anónimo dijo...

ay, siempre veo esi libru cuando voy a comprar alguno y nunca me decido a cogelu!!! Pa esti verano fijo!

Laura dijo...

Al final me hiciste caso, ¿eh? :) Me alegro de que te gustase. A mí también me lo recomendaron y no defraudó.

Y aprovechando para comentar entradas anteriores, Josh Radnor nunca dejará de ser Ted Mosby... ¡y me encanta tu código de rating! Jeje.

¡Besicos!

Luis-kun dijo...

Jajaja ya lo dije: si Radnor quiere dejar de ser Ted, se lo va a tener que currar mucho :P

¡Saludos a todos!